Nada que sorprenda hasta aquí: quien conozca a la gente de mi nuevo país sabe cómo son de acogedores y amables. El colombiano lo es en general, el barranquillero al extremo. En medio del fragor de este semestre que acaba, una idea me viene a la cabeza con insistencía: nuestros estudiantes de Turismo llegan ya con la parte más importante de su formación hecha, que es la que les dan en casa sus familias: saber respetar a los demás, ser corteses y ser serviciales no se enseña en una Facultad sino entre las cuatro paredes de la casa familiar. Y, por lo que parece ser, la mayoría de los padres cumplen en este país, a pesar de las dificultades que muchas familias tienen para llegar a fin de mes.
Ultima anécdota que confirma que aquí uno se mata por el cliente... No sé si más por la persona que por el cliente, pero bueno, allá va: tras insistir en el Dunkin Donut de mi centro comercial más cercano que me sirvan el café con leche no con azúcar sino con panela, me encuentro el otro día con un potecito de panela en mi bandeja. Les pregunto a los meseros si mis constantes quejas por no servir panela llegaron por fin a la Dirección del establecimiento, a lo que ellos me respondieron que no, pero que por mi iban a la vecina cafeteria de Juan Valdez y se robaban unos sobrecitos de panela, que luego ponían en un potecito an mi bandeja cuando me servían a mi. Me quedé sin habla al ver tanta amabilidad y -a la vez- tanto "amaño" a la hora de resolver un problema. Ah, porque me olvidaba de esto también: nadie más resolutivo ("amañado", "piloso", "espabilado", llámese como se quiera) en todo el mundo que los barranquilleros.
Con este excelente recurso humano, pues, ya tenemos lo mas importante para competir, que es la base. Después ya vendrán los idiomas, los estándares de servicio y demás, pero el fundamento está ya puesto y no lo ha hecho nadie más que las familias, muchas veces en duras condiciones. Bien pues y p'alante.
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